La violación y el homicidio por motivos sexuales son actos de extrema maldad, pero el ataque violento que pretende desfigurar el rostro o el cuerpo de una mujer nos enfrenta a una forma aún más brutal de sadismo: anular en vida la identidad de un ser humano. Borrarlo del mundo con el signo de la deformación. Someterlo al reflejo perpetuo del dolor. El atacante con ácido destruye el derecho primordial de la mujer a contemplar su rostro en la bella soledad de los espejos.
Las extrañas prácticas culturales de dominio erigidas por los hombres contra las mujeres a lo largo de siglos y en diferentes culturas (que han implicado formas de vestir, de invisibilización, mutilación genital, deformación facial), nefastamente se recuperan y actualizan en diferentes ciudades colombianas y con alarmante reiteración. Sus escenarios habituales: crímenes pasionales y por venganza. En el año 2010, el Instituto de Medicina Legal reportó más de 50 casos de mujeres atacadas con ácido, 42 en 2011 y 19 en el presente año.
El reciente suceso ocurrido en Bogotá, en el barrio La Alquería, en el cual un asaltante que pretendía robar una casa de cambio arrojó sobre el cuerpo de una vendedora un tipo de ácido que le ocasionó graves lesiones, instauró un escenario inédito donde se reconoce una vez más el perverso signo de poder y anulación contra la mujer.
Estos ataques —que deberían estar legalmente tipificados como crímenes por odio, incluso como intentos de homicidio y no sólo como lesiones personales—, no han sido sometidos al debate psicosocial con suficiente rigor y languidecen en el olvido.
Los motivos y el perfil del agresor
Cuando el motivo del ataque para producir desfiguración facial o corporal es de origen pasional (celos, sospecha de infidelidad, etc.), el agresor se ve a sí mismo previamente como objeto de burla; su baja autoestima (presumiblemente alta) lo conduce a percibirse como el centro de una suerte de burla social. Al sentirse señalado como alguien que carece de hombría, se siente en la obligación de demostrar lo contrario y restituir su traición o rechazo de una forma que la víctima y los que lo rodean nunca olviden. La deformación facial implica entonces, además de destruir el físico de la mujer para que no sea apreciada ni deseada, un gesto de restauración del ego del victimario.
Si la situación implica una venganza por motivos económicos, se reconoce una necesidad irrefrenable del atacante (o de quien lo contrata) de recuperar simbólicamente aquello que considera le fue robado, mediante la destrucción de lo más preciado de la víctima: su aspecto físico. Si el móvil es la envidia o el resentimiento social, estamos ante un vengador que busca ajustar cuentas con su destino de fracasos.
Cuando el ataque no comporta un móvil claro y hace parte colateral de un crimen, como en el reciente caso citado, estamos ante una mente psicopática carente de remordimientos, que apenas se alimenta de su narcisismo y cuyo ataque señala la necesidad de experimentar placer al anular al otro. Aunque este tipo de psicópatas no agredan sexualmente, su objetivo implica la destrucción de la armonía de la mujer y en ese sentido comporta un claro matiz de trasgresión sexual: aquella a la cual no pueden poseer, deciden destruirla, marcarla como un objeto.
Todos estos agresores, sea cual sea su motivación, actúan bajo el narcisismo de una mente perversa que, sádicamente, reconoce el valor primordial del aspecto físico del ser humano a quien decide atacar. Anticipa la enorme gravedad del daño que va a provocar y premedita causar el mayor dolor y daño posibles.
La huella imborrable y la mirada del otro
Así como la víctima de violación arrastra por siempre el estigma emocional de la invasión experimentada, la mujer que ha sido desfigurada carga con la insoportable ‘máscara’ de saberse anulada. Las consecuencias emocionales de tales crímenes son inimaginables; la desfiguración facial va más allá de afectar la vanidad natural del ser humano.
El periodista Diego Buñuel, en su programa No le digan a mi madre, emitido por el canal Nat Geo, narró recientemente la historia de Masarrat Misbahuna, una mujer de origen pakistaní, quien fundó en su país una cadena de salones de peluquería (Depilex) atendida exclusivamente por víctimas de la desfiguración facial por quemaduras o ácidos (sus novios o esposos fueron los responsables).
Dichas víctimas, tras enfrentar las intervenciones quirúrgicas para disminuir los daños recibidos, entraron en procesos de depresión e intentaron suicidarse. El rechazo social se sumó a su tragedia. Gracias a la vinculación laboral proporcionada por Misbahuna, encontraron una suerte de terapia de asimilación y redención en la labor de embellecer a otras mujeres. Las mujeres que asisten a estos salones, en medio de espejos y afiches de modelos occidentales, al parecer son las únicas capaces de comprender que detrás de esos rostros mancillados permanecen hermosos seres humano capaces de soportar la inmolación social de su piel y que, a pesar de la desgracia, se aferran a la vida.
Las leyes para castigar e impedir estos signos brutales sufridos por las mujeres, tanto en Oriente como en Occidente, desafortunadamente no han logrado traducirse en un puño moral efectivo que no sólo condene, sino que instaure un principio esencial del respeto a la mujer. Quien agrede a una mujer para desfigurarla recupera el fétido eco de una tradición sexista que nunca fue educada ni castigada.
Por ahora, impotentes ante una forma más de barbarie, nos vemos obligados a refugiarnos en la idea esperanzadora de que los crueles humanos que intentaron desposeer a las vulnerables víctimas al desfigurarlas, serán derrotados en el momento en que, como aquellas clientes de la cadena Depilex, contemplemos a estas mujeres mirando aquello invisible que permanece, aquello que no hace parte de la piel ni de los espejos, lo único verdaderamente importante en ellas y que ninguna voraz criatura fue capaz de desvanecer.
*Escritor y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la U. Javeriana, donde dicta los cursos Asesinos en serie, asesinos de masas; La escritura del crimen y Narrativas del mal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario